domingo, 24 de mayo de 2015

Mi gata endemoniada



He creado un monstruo. Recuerdo cuando era pequeña y reclamaba por todo. No pedía, exigía. No lloraba, seducía. Yo la dejaba hacer lo que ella quisiera, sabía que la mal educaba y no me importaba. No le puse límites. He sido un padre consentidor y consecuente. Desde que llegó conmigo, Runa me tomó la medida y quererla ha sido una delicia. Sin embargo, hace un mes llegó Simón de visita y la cotidianidad cambió.

Andrea y yo hemos seguido todo el protocolo de acercamiento entre un gato y otro. Simón ha estado encerrado en una habitación y sólo sale cuando Runa no está a la vista. Poco a poco los hemos presentado, armados con matracas para hacer ruidos estridentes, los dejamos que se acerquen, se huelan y se reconozcan. Al final, Runa empieza por dar el primer zarpazo y Simón huye despavorido. Es un gato gordo y miedoso que corre por toda la casa para salvar el pellejo, hasta que Runa lo alcanza y se arma la pelea.

Nosotros corremos detrás de ellos y hacemos sonar la matraca, ese ruido los espanta y los separa, aunque Runa se queda en guardia, con todos los pelos erizados, resoplando su enojo y maullando de furia. Se siente invadida y no sabe de dispensas, no hay diálogo que valga. Ella es de menor tamaño que Simón, pero su afrenta es mayor. Guarda tan celosamente su casa que la defiende con uñas y dientes, con toda su pequeña valentía.

Los gatos son animales territoriales, solitarios, cazadores natos. Tienen menos tiempo de convivir en hogares con humanos, apenas un poco más de 50 años. Están consideradas las mascotas del futuro, por necesitar menos espacio, menos cuidados y por ser más independientes. Aunque Runa duerme con nosotros, ve la tele con nosotros, nos acompaña a comer arriba de la mesa. Siempre está conmigo mientras escribo, guiando mis letras, ronroneando mis miradas. Ha sido más fiel que un perro guardián.

Hace unos días, en la enésima vez que dejamos salir a Simón para verse con Runa, después de que se hizo el muerto y se desparramó sobre el piso, bajó su respiración y torció los ojos en blanco, Runa descubrió el engaño y se le fue encima. Sus movimientos fueron tan rápidos y agresivos que Simón no alcanzó a huir y panza arriba, volaron pelos y uñas por los aires. Yo, temiendo por él y sin tener cerca ni la matraca ni la toalla que utilizo para separarlos, me metí entre ellos y Runa, poseída por una extraña naturaleza, mordió la mano que le da de comer, la misma que la acaricia y la cepilla todas las mañanas, la misma mano que la acuna para dormir. Yo, desarmado, sólo tuve fuerzas para recordar aquel verso de Sabines: “Nada queda de mí después de este amor”.

 
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Foto: Álbum familiar.
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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, un clásico de este siglo, vuelve más púrpura que nunca |  www.rodolfonaro.com

domingo, 3 de mayo de 2015

Sueño lúcido



Ayer tuve una regresión a mi infancia. Un sueño que poco a poco se fue tornando en pesadilla. Una alucinación angustiante de escenarios surrealistas, oníricos, profundos como un laberinto a ojos cerrados. En mi sueño también era de noche y viajaba en metro. Llevaba en las manos tres iPads que debía de entregar al final de mi viaje, una de ellas era de mi amigo Juan Pablo Vasconcelos. En un descuido, dejé los aparatos en el asiento de al lado y luego me dije: mejor póntelos en las piernas, se te van a olvidar. Sin embargo, confié en mí y seguí sin preocupación.

Era el metro de la Ciudad de México, ni siquiera el tren de Harry Potter, lo comprobé al bajar en la estación Pantitlán; y en el momento justo en que escuché cerrarse las puertas, tenía las manos vacías y mientras el convoy arrancaba, vi por la ventanilla las tres iPads sobre el asiento, tal cual las había dejado. Mi reacción, nada lógica, fue cambiarme de anden para alcanzar ese tren. Corrí a largos pasos en la dirección contraria y al llegar a lo que debería el otro lado del metro, bajé las escaleras eléctricas y me encontré en el interior de un Sanborns, cerrado, porque ya era casi la medianoche.

Los anaqueles de la tienda estaban cubiertos por gruesos plásticos y había cintas amarillas como las que usan en los peores asesinatos de CSI, impidiendo el paso. Cruzaba la tienda para volver al metro y como si fuera el Sanborns universal, se multiplicaban los pasillos con anaqueles cubiertos. Mi reproche seguía siendo el mismo, te lo dije, Rodolfo, no dejes los iPads en el asiento de al lado, se te van a olvidar. Póntelos en las piernas. Si ya sabes que siempre te pasa y olvidas esos detalles, por qué no lo hiciste.

Al llegar por fin a la puerta de la tienda, le preguntaba al vigilante por dónde llegaba al metro y el hombre que me resultaba conocido me señalaba otra escalera eléctrica. Corría hacia ella y al llegar a la planta baja dieron las 12 de la noche. Un reloj de campana anunció la hora en el interior de mi oído. Mi sorpresa casi me llevó al delirio. No puede ser, me decía, el tipo me engañó. No estaba en la estación del metro, sino en el foro de un teatro, en el ensayo de un coro de niños vestidos con uniforme típico de colegio. Llegué en el momento justo, cuando el profesor los acomodaba. Yo no atiné a decir buenas noches, crucé el escenario y a la mitad de mi camino, los niños me impidieron el paso. Era como un rebaño de ovejas que no cantaban ni balaban, reían. Me miraban y reían al tiempo que mi celular sonaba y en la pantalla se desplegaba un nombre: Juan Pablo Vasconcelos.

Intenté tomar la llamaba y no pude, presioné el botón y la llamada no enlazaba. Maldito Telcel, sigue siendo una mierda, me dije. El iPad, recordé, seguro que me está esperando y quiere su iPad. Rodeado de ovejas con piel de niño, transpiraba, sentía que me asfixiaban, que se me trepaban por la cabeza cuando el director del coro gritó: ¡Apague ese celular! Y con su batuta, como espada de Darth Vader me señaló la cabeza. Estaba furioso, colérico, transformado en un verdadero director de orquesta. Con la misma espada me señaló la puerta de salida.

Ya sin el celular en la mano, abrí ambas puertas del aforo y mi última sorpresa fue que tampoco llegué al metro ni a la casa de mi amigo, no había iPad en mi memoria, no había teatro ni niños, ni Sanborns ni recuerdo del pasado, estaba en la plaza de Tequila, rodeado de toda la armonía de mi infancia. Todo era tan real. Veía el kiosco, los árboles, las bancas. Respiraba hondo, tranquilo y cuando por fin iba a dar un paso para cruzar ese horizonte de felicidad, una mano me jalaba de la oreja. Era el señor cura que me llevaba de regreso a misa.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, un clásico de este siglo, vuelve más púrpura que nunca |  www.rodolfonaro.com





miércoles, 22 de abril de 2015

Me sueñan, luego existo




Antes de nacer, mis padres me soñaron, quisieron tener un cuarto hijo. Vivían en Tequila y su familia la conformaban sus hijos Leonel, Enrique y Ana Cecilia. Ellos soñaban con tener otra niña, soñaban con una familia grande, tener hasta cinco hijos. Eran jóvenes veinteañeros, con una vida por delante y en un pueblo que era toda su esperanza.

Los hijos antes de concebirse, se sueñan, se buscan en la oscuridad de la noche, en la soledad de dos cuerpos, en la penumbra del silencio. También los personajes se van escribiendo con tinta y sangre de uno, con los anhelos propios y las grandes frustraciones. Uno hereda a los hijos los bienes y las enfermedades, las creencias y los defectos. Asimismo, mis personajes son tan yo que a veces me confundo con ellos, trasciendo a través de ellos y los riño o felicito cuando debo hacerlo.

Todo padre debe estar al pie de la cuna, como todo escritor pendiente de la pluma. Todos de alguna manera somos personajes y somos el sueño de otro. El amor es reconstruir y continuar ese fruto que nos legaron para compartir, para seguir siendo el anhelo de alguien más, el complemento que sólo funciona por instantes o sólo una vez en la vida. Así, a lo largo de estos años, he sido la fortaleza de otros en mi más intima debilidad: la escritura, por lo que seguiré existiendo cada vez que alguien me lee y después me sueña.   


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Foto: álbum familiar, Tequila, Jalisco, 1974. 

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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, un clásico de este siglo, vuelve más púrpura que nunca |  www.rodolfonaro.com





domingo, 19 de abril de 2015

Los celos de Runa



Ahí hay gato encerrado. En ese cuarto, en ese clóset, nos decía Runa señalando el taller de Andrea, agazapada en la puerta, al acecho. Desde hace una semana, llegó Simón a casa, un gato que cuidaremos durante tres meses. Simón es más dócil que un pan, más dulce que la noche. Maúlla poco y duerme todo el día. Desde que llegó, no ha hecho más que estar encerrado, metido en el clóset, entre los zapatos o los suéteres, esperando que llegue la oscuridad para salir a estirar las patas, para merodear por el taller y ver el silencio a través de la ventana.

No es tarea fácil cuidar a los hijos de otros, habrá que tenerles paciencia y cariño, respetar sus costumbres y hacer que siga las normas de la nueva casa. Pero existe un problema mayor y más delicado: los celos. Desde que está Simón en casa, ciertos espacios están limitados para Runa. Esa habitación en la que ella acostumbraba a tomar el sol de la mañana, esta cerrada. Hay dos platos de comida, dos de agua, doble arenero. Andrea y yo tenemos un olor distinto en las manos y sobre todo, Runa, escucha otros ruidos detrás de esa puerta.

El territorio es lo más importante y Runa lo sabe, lo defiende con garras y dientes, porque no entiende que nuestra atención hacia ella está dividida por un intruso que trajimos a casa, un desconocido. A pesar de que le explicamos lo que pasa y le decimos que podrá jugar con Simón, que ya no estará sola cuando nosotros no estemos en casa. A pesar, de que le damos premios por su paciencia, la presencia de ese gato detrás de la puerta la llena de celos, porque el amor no se puede domesticar.

Hace unos días, dejamos que Runa y Simón se vieran. Abrimos la puerta del taller y mientras él estaba en su caja transportadora, intentando salir, maullando de miedo, pues quizá creía que otra vez cambiaria de casa; Runa por fin pudo verlo y su arrebato de furia fue tal, que nunca la había escuchado gemir como lo hizo, fue un maullido profundo, ronco y seco que salió desde el fondo de su pecho. Al ver que los pelos de la cola se le erizaban y los de la columna se levantaban como lenguas de fuego a punto de atacar, con garras listas para el primer zarpazo, de golpe cerramos la puerta, antes de escuchar cualquier nota de sangre.

Hemos seguido el protocolo de presentación al pie de la letra. Poco a poco cada día. Primero, los dejamos que se oigan –los gatos tienen mejor oído que los perros, pueden escuchar sonidos ultrasónicos–. Después, que cada uno olfateé los objetos del otro, que se huelan detrás de la puerta. Acariciar a uno, luego a la otra y viceversa. Pasarle un trapo a Simón por el cuerpo, para después, envolver a Runa con él, y así, sus 80 millones de células olfativas entrene en acción.

El proceso de convivencia puede durar hasta un mes y aunque es muy probable que cuando por fin se encuentren cara a cara tengan una pelea, debemos estar alerta, aunque todos los pronósticos dicten que Runa ganaría, a pesar de que Simón es cinco kilos más pesado que ella, pues está castrado desde pequeño, Runa está en su territorio y es una gata entera, con todas sus hormonas puestas al acecho. Mientras Andrea y yo nos desvelamos escuchando los nuevos ruidos de su taller, Runa se pasa horas agazapada, celosa y retadora, en espera de que al fin se abra esa puerta.



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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, un clásico de este siglo, vuelve más púrpura que nunca |  www.rodolfonaro.com





domingo, 23 de noviembre de 2014

Las cabriolas del polvo



Volver a Monclova es encontrarme con los amigos. De nuevo descurbrir una ciudad distinta, que crece y se fortalece a ritmo acelerado. Una ciudad tantas veces fundada y vuelta a fundar, capital del estado Coahuila y Texas en 1833, declarada la Ciudad Imperio del Acero por sus yacimientos de carbón y mineral de fierro de sus tierras, ciudad que ha dado y sacrificado tanto por el progreso.
A Monclova volví el pasado 24 de octubre. De nuevo crucé sus calles, me bebí el sudor de su atmósfera, mordí el polvo de sus plazas y vi la gran humareda que nutre al cielo de nubes. Fui invitado a la Feria del Libro que cada año organiza la Biblioteca Harold R. Pape, del Grupo Industrial Monclova, conglomerado de empresas que preside el Lic. Gerardo Benavides Pape. La feria reunió a más de 85 editoriales y realizó presentaciones de libros, conferencias de escritores, talleres y un sinfín de actividades.
         Este año, fui con mi libro de poesía, Del rojo al púrpura. Mi evento se llevaría acabo a las 19 horas del mismo viernes que llegué, procedente de la Ciudad de México. No fue un viaje accidentado, sólo desmañanado, pero como estoy acostumbrado a levantarme a las 4 de la mañana a escribir, pensé que sería lo mismo. No contaba con que dormiría mal, sólo de pensar que no escucharía el despertador y me seguiría dormido hasta las 7 de la manñana, hora en que estaba programado mi vuelo a Monterrey.
         Tampoco recordaba lo que es salir de casa a las 5 de la mañana, con el viento de la madrugada en contra. Esperar el taxi y aguantar 40 minutos más arriba del avión, sin movimiento, a la espera de autorización para el despegue. Apenas con unos pocos cacahuates en el estómago llegué a Monterrey, donde un auto me esperaba para llevarme a Monclova. Casi dos horas de camino escuché al que conducía contar tantas historias de narco y terror, de mujeres y antros, que no me permitió pestañear ni un minuto. Además, hablaba con ese acento rápido, cerrado y pujante caracteristico de los norteños, el cual me obligó a poner mayor atención, hasta el dolor de cabeza.
         Cuando por fin llegamos al hotel y Antonio Sonora, por teléfono, me dijo, “qué bueno que llegaste, al mediodía te entrevistará Rogelio Aguilar del Periódico Zócalo”, supe que por fin vería una cara conocida. A Rogelio lo conocí en mi primer viaje a Coahuila, por ese entonces, él era un lector de poesía que estaba en primera fila cuando fui a Monclova a presentar Los días inútiles, después lo volví a ver con El orden infinito y años más tarde en la presentación de Cállate niña. Ahora me lo encontraba como periodista y editor de la sección Arte Zócalo.
         La entrevista, una de las mejores que me han hecho, deribó en una conversación de giros inesperados, en los que Monclova siempre estaba presente. Hablamos de los libros que nos han marcado, de las lecturas que nos han ido formando. Leímos poesía en el lobby del hotel donde estábamos. “¿Puedo leerte algo de lo que he escrito?”, me dijo. “Claro”, le respondí. Celular en mano –gesto propio de su generación– escuché sus arrebatos amorosos, las minucias de sus anhelos, el coraje de la sangre vertida en las arenas del desierto. Me habló de su infancia, de un destino que a veces se empeña en apretar más sus ataduras. Me habló de sus mujeres, su madre, su novia. Discutimos sobre el futuro. “Todavia voy al río Monclova”, me dijo, “como cuando era niño y veía el agua correr a raudales. Voy cuando siento que me asfixia el desamor que se empeña en perseguirme. Sólo que ahora veo las cabriolas del polvo en las que se ha vuelto el río de mi infancia”.   


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, es su libro receinte de poesía | @RNaro



jueves, 23 de octubre de 2014

Del rojo al púrpura, una lectura



Estimado Rodolfo, en agradecimiento por tu libro te comparto las siguientes palabras, las escribo a manera de diálogo informal, con la alegría y el entusiasmo del lector afortunado que se da el lujo de conversar con el autor del libro que tiene entre sus manos.

Encontré en Del rojo al púrpura un poemario de violenta pasión amorosa, que comienza con un intenso lamento en “Amor convenido”, primera de las tres columnas vertebrales del libro. La pérdida y la ausencia de la amada se respiran a través de una poesía sensorial, franca, llena de imágenes, sabores y olores. Hay un amante que deberá enfrentarse a dos nuevos demonios: Uno es el fantasma del amor, la memoria del espíritu y del cuerpo, que en las noches, cuando “la cama es un sepulcro”, le recuerda su solitaria condición. El segundo es esa sensación insoportable de estar incompleto, de ser abandonado, mutilado. De extrañar la experiencia amatoria como ese acto de continuidad, de vida a través del otro.

En este clamor de largo aliento aparecen diversos escenarios, el más conmovedor para mí fue el de la casa. Esa guarida cotidiana que de pronto ya no puede ser un refugio porque en los muebles, el piso, las paredes y las sábanas verdes está la huella de la amante ausente, como si al mirar con atención a la recámara, surgiera de golpe la imagen de quien se fue. Llegan a mi mente los versos de Virgilio, “aquí hay lágrimas de las cosas/ y lo mortal se hace presente”.

La serie de poemas de “Amor convenido” es un grito desgarrador, un llanto que busca en la poesía su última expiación. Explota el desasosiego en versos febriles, púrpuras, iracundos, que no dejan de ser amorosos, transparentes y puros.

Más tarde entramos a otro momento, el del “Árbol de la Vida”, donde nuevamente surge el tema de la búsqueda y hay también algo de desilusión. Habla “el que siente como si fuera en carne viva todas las emboscadas”,  el poeta sobreviviente que hace su declaración de principios y de finales. El árbol de la vida se muestra como un símbolo de muchas cosas, pienso en la génesis del amor, en su sombra, en el árbol como combustible del fuego, en la advertencia de la muerte, el eterno retorno, en el fruto, en las raíces que echamos. Son poemas fuertes, sólidos y redondos que nos conducen hacia el árbol de la muerte.

La trilogía poética concluye con lo que, según leí en “Íntimo”, Elías Nandino bautizó como “Alburemas”, un conjunto de versos que no le tienen miedo a las palabras y se atreven a decir, con voz alta y musical, aquello que se callan las conciencias sensatas, pero que está ahí, en nuestra cabeza, en los latidos de nuestro corazón excitado o en las miradas lujuriosas. Un cierre lúdico e inteligente que deja en el lector una sonrisa de complicidad.

Creo que finalmente esa es una de las grandes fortalezas del libro, esa claridad sincera para hablar del amor en su faceta trágica y en sus momentos simpáticos, donde es casi imposible no sentirse identificados. Como dijo el poeta Hugo Jaramillo, los grandes escritores son los que escriben de la vida como si fuera la de uno, y esto sucede, o me sucedió, con Del rojo al púrpura, poemario escrito desde la víscera, desde la pasión más incontrolable. Y que precisamente se lee así, con la víscera y con la pasión más incontrolable, como a veces se lee la poesía.

Quiero darte otra vez las gracias por el libro y por esta oportunidad de compartirte algo, nimio, pero al fin algo, de lo que he leído. No soy poeta ni escritora, apenas soy una lectora en el eterno proceso de formación, y las palabras me quedan grandes, por ello te pido una disculpa. Celebro el regreso de tu libro (veo que es una reedición) y la fortuna de tenerlo aquí. Va un abrazo grande, Rodolfo, de esta lectora tuya que desde el norte te escribe estos párrafos torpes.

Hasta pronto.

Eugenia Flores Soria
Saltillo, Coahuila a 15 de junio, 2014

           

domingo, 12 de octubre de 2014

Impunidad

 
No me sorprende la matanza de Guerrero, en la que 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa están desaparecidos. Tampoco la matanza de Tlataya ni la que vivió Chiapas en Acteal o los zapatistas en la Lacandona. No me sorprende que en México, el narco sea una entidad política ni que el campo esté abandonado por un inservible reparto agrario. Ni que en un país tan grande y rico como este, sólo haya un proveedor de energía eléctrica e hidrocarburos. No me sorprende que el sistema de educación, salud y justicia esté en manos de unos cuantos, ni que tengamos una televisora prepotente ni al hombre más rico del mundo como paisano, ni que la Iglesia calle lo que murmura la gente. Mucho menos me sorprende que el PRI haya regresado con más poder, impunidad y crueldad que antes. Ni que el PAN haya gobernado con dos presidentes peleles o que el PRD sea la casa chica del PRI. Nada de lo que pasa en México me sorprende. Nada. Lo que me asusta, es que seguimos siendo los mismos con cualquier partido que nos gobierne, seguimos siendo ladinos, mentirosos, tranzas, impuntuales, miedosos, clasistas, hipócritas, corruptos, puritanos, conformistas y ventajosos, asesinos y cobardes, porque todos, en mayor o menor medida somos el PRI

martes, 26 de agosto de 2014

Diario medular | Acantilado


Qué tipo tan raro, me dije después de que hablé con él. Fue en la FIL de Guadalajara de 2005, Jaume Vallcorba era el enésimo editor a quien le presenté mi novela El orden infinito. Me citó en el área de profesionales de la FIL, yo, muy precavido llevaba la novela impresa y en CD. Me pareció un tipo amable, fino, de fácil conversación. Mientras yo hablaba él leía algunas páginas del engargolado de casi 500 cuartillas que era el enésimo borrador de aquella novela, y como buen editor, no se aguantó las ganas y puso un acento aquí, una coma allá. Seguía mis palabras con la vista puesta en el papel. Yo quería que mi primera novela engrosara el catálogo de Acantilado, sus libros siempre me han parecido bellísimos. En ese momento sabía poco de ese editor, sólo, que era un tanto excéntrico y que adoraba la literatura. Hace unos días se murió y nunca supe qué le había parecido mi novela. Al final de nuestra única conversación me dijo que se la enviara por mensajería a Barcelona, no quiso llevarse el original que había corregido, supuse que era porque ya llevaría mucho peso, por lo que le ofrecí el CD, pero tampoco lo quiso y puntual me repitió que le mandara el original impreso por mensajería a su oficina de Barcelona. Qué tipo, me dije yo al dejar la mesa y me lo repetí dos días después cuando estaba pagando el paquete a España.

domingo, 10 de agosto de 2014

Las dos caras de la moneda



La poesía tiene que llegar, me dije cuando me avisaron que la carretera a Tuxtla estaba cerrada por un paro de transportistas. Andrea y yo estábamos en San Cristóbal de las Casas. Después de haber pasado unos días en Villahermosa, llegamos a las montañas de Chiapas por esas carreteras de vistas espectaculares pero curvas de vértigo. En Tabasco, donde todo está dominado por el trópico y las hormigas, impartí un taller de creación literaria y presenté Del rojo al purpura acompañado del poeta Audomaro Hidalgo.

Fueron días de calor extremo, de luz tan intensa como la voz de los pájaros al amanecer, por lo que el frio de la sierra de Chiapas nos caería muy bien. San Cristóbal de las Casas, ciudad fundada en 1528, fue capital del estado hasta finales del siglo XIX y casi desde entonces, en ella convergen las más de doce etnias de la región, pero sobre todo tzotziles y tzeltales, además de italianos, españoles, argentinos, peruanos, musulmanes, judíos, alemanes y muchos más que pueden hacer de la ciudad un ejemplo de convivencia que ni siquiera la ONU habría podido mejorar.

El fin de semana previo a la siguiente presentación de Del rojo al púrpura en el sureste mexicano, todo había transcurrido con normalidad en San Cristóbal, Andrea y yo habíamos visitado cuanta cafetería nos encontramos, desayunado croissants y cenado tamales de chipilín. Habíamos comido tasajo con pepita, mole y cochito. Habíamos pasado las tardes conversando con Paz y Cecilia Vergara en Maya Kotan, taller de mujeres mayas tejedoras, quienes crean textiles con la antigua tradición del telar de cintura. Fueron días de tanta paz que parecía imposible imaginar aquello tomado por el EZLN veinte años atrás.

Así que la llamada de Dylcia Camacho, directora del Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura, horas antes de la presentación en el Museo de la Ciudad de Tuxtla, donde más tarde me reuniría con los poetas Fabián Rivera y Socorro Trejo Sirvent, quienes opinarían sobre el poemario, respectivamente: “Naró es cercano, es transparente y la literatura necesita transparencia, necesita que los autores están dispuestos a compartirse” y “Del rojo al púrpura será indispensable para leerlo en los momentos en que deseemos buscar en nuestro corazón los deseos más íntimos”.

Al escuchar a Dylcia decirme por teléfono que la carretera estaba tomada por trasportistas, me pareció una realidad tan distinta a la que había vivido en San Cristóbal, la otra cara de la moneda, pensé. No te preocupes, llego al evento así me vaya caminado, le dije, y no estuve muy equivocado. Andrea y yo metimos los libros en una maleta, nos fuimos a la central de autobuses y ahí nos dijeron que había taxis colectivos que llevaban a la gente hasta el límite del paro. Junto con tres niñas y dos mujeres, abuela y bisabuela de las menores, nos embarcamos a descender la sierra.

San Cristóbal de las Casas tan sólo está a 47 kilómetros de Tuxtla, menos de una hora en auto, pero el taxista hizo casi dos horas por caminos alternos, con precipicios que hacían desconfiar del joven veinteañero que conducía a la velocidad de un último recuerdo. Vaya más despacio, joven, le dije entre los bultos de las señoras y con el codo de una de las niñas metido en las costillas, Natalia, era su nombre, le sonreí y ella apenas me miró con sus ojitos de relámpago.

Vicente, nuestro chofer, condujo hasta donde terminó el camino de tierra y tuvo que buscar la manera de llegar a la carretera, unos metros antes del primer retén. Aquí ustedes se bajan, nos dijo, cruzan caminando el paro y del otro lado habrá taxistas que los llevarán a Tuxtla. Le oímos decir antes de que arrancara derrapando su auto compacto y nos dejara en mitad de la nada.

Eran las 2 de la tarde, el sol cumplía su oficio y los zopilotes volaban a unos metros de nuestras cabezas. Nos esperaban cinco kilómetros de caminar sobre la capa asfáltica, con media botella de agua en el bolso, una maleta llena de libros, tres niñas menores de 8 años y dos abuelas tan ligeras como los tlacuaches que cada tanto cruzaban el camino, nos miraban con asombro y se perdían del otro lado del monte.

Peores de afilados tenían los dientes el centenar de hombres que tenían tomada la carretera, azuzados por el líder de la cooperativa exigían al gobierno seguir siendo los únicos en ofrecer el servicio de transporte, no estaban dispuestos a compartir el botín con Avisa, la nueva competencia que daba mejor precio a los usuarios. Los hombres nos vieron pasar con menos asombro que los tlacuaches, íbamos asoleados y deshidratados con la poesía a cuestas. Pasando el nudo de sus reclamos y gritos, encontramos una infinita hilera de vehículos de carga, transportes y taxistas que, por el triple del valor nos llevaron a Tuxtla e hicieron que la poesía llegara.   


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, un clásico de este siglo, vuelve más púrpura que nunca @RNaro

domingo, 20 de julio de 2014

QWERTY | Segundo aniversario





Todos tenemos historias que contar, no importa la profesión ni la procedencia. Historias de la intimidad rutinaria, de los viajes realizados, de la contemplación del tiempo y sus pequeñas cosas. Por esta necesidad de nombrar nuestro entorno y de compartirlo nació QWERTY | Taller de literatura, empezamos en un salón del Café du Soleil en la Narvarte, ahí, cada martes, desde hace dos años, algunos un poco más, otros un poco menos, nos reunimos para equilibrar las palabras y afinar los sentimientos. ¿Qué decir? ¿Cómo decirlo? ¿En qué momento de la narración o del verso deslumbraremos a nuestro lector? Estás claves y otros detalles los convocamos en cada reunión, entre tazas de café, panes de chocolate de La Esperanza o galletas que se deshacen en la boca como se desliza la lectura de cada uno de ellos, ante nuestros ojos. Un capítulo de novela, un pasaje de vida o un poema completan el menú de cada sesión, en las que también se dejan lecturas, analizamos textos de libros publicados y completamos la dinámica con el Diálogo con otros escritores, así, en abril tuvimos la visita de Odette Alonso, después de que el grupo leyó su libro de cuentos Hotel Pánico. En esa visita Odette nos contó su proceso creativo, sus puntos de inspiración, su método de trabajo, nos compartió un poco más de su vida.

Martha Ortega llegó a QWERTY hace exactamente un año. Ella estuvo en este mismo auditorio, pero entre el público, escuchando. Luego de ese día decidió comenzar a escribir. Martha es química farmacéutica bióloga egresada de la UNAM, por lo que sus textos siempre hablan de neuronas y cambios hormonales, son ricos en descripciones biológicas de cuando los personajes se enamoran, se enojan o se entristecen. Actualmente estudia la carrera de Nutrición Humana en la UAM y su pasión es el alpinismo, motivo por el cual el año pasado hizo un espacio de tres meses en QWERTY para ir al sur del continente a escalar el Aconcagua, en la Cordillera de los Andes, 6960 metros sobre el nivel del mar. Si Martha logró esa hazaña, seguramente podrá con la escritura de una novela. En QWERTY comenzó a escribir la historia de una chica que un día decide dejar la ciudad e ir en busca de respuestas, por lo que regresa a su pueblo donde se reencuentra con Don Juan, un indio medio chaman y medio hechicero quien a través de traslaciones  la llevará a descubrir el origen del mundo que la rodea, sus miedos y angustias, su soledad, un espejo en el que muchos nos podemos reflejar.

Iván Paredes gran lector de poesía y de tangos, estudió filosofía en la FES Acatlán y desde el 2005 imparte clases en la UNAM, debe ser un gran profesor porque así como a Martha le apasiona el alpinismo, a Iván el teatro le quita el sueño, su voz es un portento de histrionismo y resuena en cada sesión de QWERTY como versos de hierro ante un terciopelo de silencio. En poemas nos muestra su mundo alucinado, las mujeres que percibe y persigue, el deseo en una bocanada de palabras.

Víctor Omar Chávez estudió una maestría en el Instituto Nacional de Ciencias Penales de la PGR, donde trabaja en el área de investigación. Por él, en QWERTY hemos conocido términos como “sitio de investigación”, a donde encuentran un cadáver, en vez de “lugar del crimen”. Si platica con él es como ver un capítulo de Criminal minds, leerlo es como vivirlo. Víctor, como su servidor, tiene doble personalidad, escribe poesía candente, humeante, a veces dolorosa y narrativa; en QWERTY trabaja, desde hace dos años su primera novela, la historia de un Scirus, un asesino serial que ronda las calles de la Ciudad de México, un personaje complejo que se vale del tarot para escoger a sus víctimas, en su mayoría mujeres, aunque también los arcanos le han dictado ajusticiarse a un recién nacido. Para un personaje de esas dimensiones Víctor creo a Valente Román, su alter ego y agente de investigación de la PGR. Escuchemos un capítulo de su novela.

María Victoria Olivares fue maestra de tiempo completo en una primaria de esta ciudad, madre de cuatro hijos y consentidora abuela de dos nietos, Vicky, como la llamamos todos, llegó a QWERTY hace año y medio porque quería escribir sus memorias, tanto se aplicó que cada martes, sin falla, llevaba un capítulo nuevo de su larga vida. Como Vicky termina todo lo que se propone, hace un par de meses concluyó, escribió 340 folios donde nos narra el devenir de su familia, de su tiempo y sí misma. Cómo todo escritor escribe para que lo lean, al ver el fin de sus recuerdos en el papel, Vicky decidió verlo convertido en un libro, me autorizó a ser su editor y ahora, con orgullo presentamos el adelanto de lo que será Pizas para un autorretrato, el primer libro de QWERTY | Taller de literatura y Enésima, una editorial que sigue sumando títulos a su colección. Ahora Vicky nos leerá una pieza de sus recuerdos.  

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QWERTY | Taller de literatura, se lleva a cabo todos los martes. Informes por Inbox de Facebook o MD de Twitter.
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Foto: de izquierda a derecha, Iván Paredes, Víctor Omar Chávez, María Victoria Olivares, Martha Ortega y Rodolfo Naró.
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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, es su libro reciente. @RNaro

domingo, 13 de julio de 2014

Carmen y Federico



”El matrimonio es una larga conversación”, me dijo Federico Campbell el día que hablamos sobre el amor. También tenía otros secretos y grandes certezas sobre literatura, política, sastrería, antigüedades, periodismo, relojería, psicología, aviación y un sinfín de temas que dominaba. En su casa de La Condesa no sólo se compartían las palabras, también los alimentos y el café exprés que él mismo molía y preparaba en una cafetera italiana. Yo acostumbraba a visitarlo por las tardes, llegaba a su casa sin previa cita, tocaba el timbre y Federico se asomaba por la ventana de su estudio. En nuestras charlas siempre se pronunciaba el nombre de Carmen, con quien hablaba por teléfono a cada rato para confirmar algún dato o simplemente para decirle, “sigo con Naró, te esperamos en casa, ciao, querida”. Así nos daban las siete de la tarde, hora en que llegaba Carmen, del museo donde trabaja y se unía a la conversación, opinando y exponiendo desde su experiencia de historiadora. En muchas ocasiones, yo  los miraba desde mi sillón, como si fuera un observador fantasma y podía sentir la dinámica de esa casa, llena de imágenes e ideas.
     Quizá porque su padre fue telegrafista, Campbell estaba convencido del poder y el peso de las palabras, de la conversación como una forma de compartir. “Las palabras son herencia y memoria”, me dijo alguna vez. Por él aprendí a valorarlas y guardarles cariño. Federico era un poeta que se negaba a ejercer de tiempo completo y se distraía con la crónica, la narrativa y el periodismo. Una mitad de su corazón estaba en su casa y los recuerdos que alberga, la otra mitad le pertenecía a Carmen, con quien tenía un entendimiento a ojos cerrados.
El amor de Carmen y Federico no fue a primera vista, se conquistaron como adolescentes y lo fueron acrecentando con los años. Ese mismo cariño se sentía en todos los rincones de su hogar. Casa a la que entraba y salía mucha gente. Quienes llegábamos, sabíamos que no podríamos irnos pronto de ahí, que entre las comodidades de la terraza, techada con un domo de cristal, semejante a la pirámide que adorna el patio del Louvre o el copioso comedor art nouvea, había una permanente invitación a quedarse.
La casa que Carmen y Federico compraron en el corazón de La Condesa en la década de los noventa era un cascarón con múltiples cuartos y humedades, pero tan llenos de luz y silencio que Carmen lo vio como el lugar que Federico necesitaba para leer y escribir, para crear y revivir, para buscar en su memoria el reencuentro consigo mismo.
Esa casa fue más que su refugio. En el primer piso, Federico instaló su biblioteca-estudio, después lo amplió a un cuarto de arriba y luego otro más que estaba adaptando en la azotea, donde hay una hamaca y vistas panorámicas. Los libreros dieron forma y estilo a la casa que Carmen enriqueció con antiguedades, tapetes y cuadros dejados como al olvido al pie de las paredes.
Entre los amigos que nos dábamos cita en su casa, junto a cuatro o cinco periódicos que también llegaban a diario, otro tanto de revistas y libros que Campbell leía y compartía; obsesionado con la memoria y el presente, el tiempo y las lecturas, anotaba en la primera página de los libros el día en que los compraba o que llegaban a sus manos y en la última, la fecha en que terminaba de leerlos. Coleccionista de plumas fuente y libretas de bolsillo en las que apuntaba palabras al vuelo: “máquina”, “eco”, “avión”; el jueves 30 de enero, después de un viaje de diez días por Tijuana, salió de su casa para no volver más. Llegó al hospital por su propio pie, aquejado por lo que parecía una gripe fuera de control, le entregó a Carmen la libretita IP de Baja California que siempre traía y le preguntó. “¿Me quieres, Carmen? Porque yo estoy profundamente enamorado de ti”. “Te amo”, le dijo ella, “los 28 años que he estado casada contigo han sido los mejores de mi vida”. Las siguientes dos semanas Carmen y Federico seguirían conversando, él desde su coma inducido, ella, contándole el día a día, los cientos de mails y llamadas que recibía, de tantos amigos y lectores que iban a verlo al hospital y que, como si estuvieran en la sala de su casa, hacían un gran barullo al pie de su cama.

 
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Texto leído el lunes 30 de junio en la Casa Lamm en el Homenaje por los 73 años de vida que Federico Campbell hubiera cumplido el 1 de julio. Foto: Álbum familiar Carmen Gaytán-Rojo

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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Del rojo al púrpura, es su libro reciente. @RNaro

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